Crítica Enero 05

LA DANZA BUTOH DESEMBARCA EN MERLO, SAN LUIS


Por Mario E. Ceretti
Diario La República


La primera presentación de las “Noches Merlinas” en 2005 provoca reconfortantes sorpresas: dos grupos de danza contemporánea exponen la problemática del hombre moderno, oscilante entre los extremos de la angustia y la esperanza.

El primer espectáculo de las “Noches Merlinas”, con la habitual dirección artística de Laura Veiga, propone en esta villa turística dos visiones dispares pero complementarias sobre lo que la danza contemporánea puede vehiculizar y expresar con respecto a nuestra azarosa existencia de hoy, nada fácil como es de público conocimiento.

La primera parte está consagrada a la danza butoh. Se puede a su respecto hablar más de tendencia o escuela que de estilo o de academicismo. El propio Kazuo Ohno, el principal fundador del butoh, quien, asombrosamente todavía sigue bailando a sus 99 -¡noventa y nueve!- años, sostiene que “el butoh es un trabajo muy intenso sobre el vacío, el cuerpo muerto, despojado de todas las cargas acumuladas por la vida cotidiana. Es una meditación activa que busca reflejar en una coreografía y-o ejercicios físicos nuestro mundo creativo”.

Oportuno es recordar que la danza butoh nació en Japón como maridaje entre el teatro tradicional japonés y ciertas corrientes expresionistas europeas en un momento histórico de tremendo dramatismo: después de la caída de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Ese punto inicial se derramó, a partir de fines de la década de l950 por todo el mundo, adquiriendo diversos matices, impulsando a nuevas experiencias en Europa y las dos Américas.

Entre nosotros, de la mano de discípulos directos de los primeros creadores y sus continuadores- tal es el caso de Gustavo Collini Sartor y Rhea Volij- la danza butoh ha adquirido bastante difusión, aunque generalmente limitada a espacios escenográficos pequeños. En ese entramado que es la danza en general, sometida a todo tipo de influencias, en cada lugar geográfico el butoh adquirió, sin perder su esencia, una especie de fusión con las culturas autóctonas o locales. El ejemplo más inmediato es el “Tango butoh”, que creó Collini Sartor.

Quío Binetti es una notable cultora de la danza butoh en nuestro país. Con su “Animal de miga” trajo a Merlo un ejemplo cabal de la universalidad de un estilo de danza que se hermana a pesar de las latitudes diferentes, sin traicionar su particularidad. Precedida y culminada la danza con la ejecución cantada de una melancólica vidala, Quío Binetti encarna a un ser frágil, vulnerable –característica frecuente en el butoh- con los elementos japoneses de una cabellera como desmadejada por el viento y un abultado bombachón blanco, cubiertos por una capa -¿mortaja?- sin mangas, aparentemente de material oscuro y burdo, pero con adornos relucientes, a semejanza de las momias indígenas encontradas en nuestro Norte.

Con el minimalismo gestual minucioso del butoh, ese ser – humano o animal, crisálida o fantasma- se va desembarazando de esa vestimenta ritual antes de enfrentarse con el mundo. El nacimiento, el posterior esfuerzo en una posición fetal y torturada, es la antesala torturada a esa agonía prolongada que promete ser la vida.

La lentitud del proceso es legítima, la oscilación entre la angustia y la esperanza son las constantes extremas de la existencia. El punto de partida es doloroso y lleno de interrogantes, pero quien no se arriesgue a vivir no sabrá ni de dichas ni de infelicidades. La existencia es imprevisible pero vale la pena enfrentarla.

La música, a cargo de Gustavo Sidlin, subraya idóneamente, con percusión y flauta, los distintos tramos del espectáculo, una muestra ejemplar de danza butoh.

En la segunda parte del programa, el tono es más denso. La danza es danza-testimonio, es danza y alegato. Ya desde el comienzo, ese encimarse informe de los cuerpos de un hombre y dos mujeres, sumidos en una casi penumbra, presos de una desesperación evidente, de la que no pueden arrancarse, remite inmediatamente en el imaginario colectivo a la terrible tragedia de la discoteca Cromagnon. Algo que, por razones cronológicas, estimo que no fue determinante de la coreografía en este caso.

“Harto tránsito”, creación colectiva de estos intérpretes provenientes de La Plata (María Alejandra Ferreyra Ortiz, Nidia Martínez Barbieri y Eduardo Campo) hace hincapié fundamentalmente en la indefensión de hombres y mujeres sometidos a los avatares negativos de la existencia cotidiana.

El acompañamiento sonoro, embates de olas marinas, el chirriar escalofriante de ruedas de trenes o subterráneos sobre los rieles, agrega un toque dramático a la conducta errática de estos tres seres, que caen, se incorporan, reptan, reiteran sus movimientos mecánicos en un triángulo que es círculo sin asidero sentimental, cada uno en lo suyo, porque no hay un segundo de reposo para posar la mirada o el ademán afectuosos en el compañero.

Como autómatas que luchan para liberarse de su condición de tales, su desplazarse es casi espasmódico, como víctimas en momentos de un ataque de irrefrenable histeria. No es para menos, porque los acechan episodios luctuosos: la muerte, un naufragio, el desamparo, la soledad, la incomprensión. Un elemento material, un rectángulo en ajedrez es el apoyo con que se escenificarán una barca, la lápida de una tumba, un espejo o un muro divisorio, tan material como espiritual en su significado.

Tal vez es mucho lo que se quiso abarcar como temática, ya que, al fin y al cabo, son variaciones sobre un mismo tema, y suelen reiterarse movimientos, lo que alarga un poco el espectáculo y puede llegar a distraer la atención. Hay un momento de singular interés: el solo de una de las bailarinas, reminiscente, tal vez involuntario, de la clásica Coppelia, la muñeca a la que se le quiso conceder un alma. Aquí, ellos también sin palabras, comunican su zozobra ante el mundo circundante, el desasosiego de la condición humana en una sociedad indiferente.

Es notable la entrega física de los tres bailarines, en una tarea que no permite casi el menor respiro. En dos momentos, detienen la danza para mirar interrogantes al público. No por conocido, el recurso es menos eficaz. Es la manera más simple y directa de cuestionar y cuestionarse: “Nosotros estamos aquí y nos pasa esto. ¿Y a ustedes?”

Es de destacar la importancia que reviste que lleguen al interior espectáculos de este tipo. El ballet clásico es evasión, ensueño, fantasía, buen gusto, romanticismo, belleza, pintoresquismo. No hay por qué privarse de él. Pero esa verdad no invalida el hecho palpable de que la danza contemporánea es, a la par de la literatura, del cine y del teatro, reflejo y reflexión –orientadora o meramente expositiva- de lo que nos ocurre o nos puede ocurrir, física y espiritualmente. Y no siempre tal especulación se expresa en la cuerda seriamente dramática de estas dos obras que vinieron a Merlo. Merlo, villa turística, que en plena temporada, con mucho calor, los recibe con un público felizmente numeroso, conformado en su mayoría por gente muy joven. Personas cuyos comentarios, para mi sorpresa, me demostraron que los intérpretes habían cumplido eficazmente con su cometido. “No te puedo explicar por qué –susurró una adolescente a mis espaldas a su compañera- pero todo esto me ‘copó’, me sacudió y me hizo pensar un montón de cosas”.

Y uno se pregunta: ¿Por qué en todo nuestro vasto interior no se representan con mayor frecuencia estos espectáculos? No se necesitan sumas enormes para hacerlo y la ampliación de un patrocinio, actuante y constante, de entidades oficiales –o no- que se dicen consagradas a la cultura, tanto en lo nacional, en lo provincial o en lo municipal, concretaría esa desmentida a lo que el interior del país siente: que están librados pura y exclusivamente por lo general, a la presencia “artística” de los programas de la televisión abierta, en el mejor de los casos desparejos en su calidad. Esos que, sin sentir vergüenza ni culpa alguna, se nos asestan desde los canales capitalinos.

Hasta los programas televisivos con intención humorística deberían tener en cuenta el desgraciadamente fácilmente franqueable límite que separa la comicidad de la grosería.

Saldríamos ganando todos: intérpretes, autoridades y, por encima de todo, el sufrido público. Con evasión o con un retrato de la realidad desde otro ángulo, riéndose o emocionándose, el público se enriquece, amplía sus miras. ¿Por qué negarnos eso?

Diario de LA República, Lunes 17 de enero 2005

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