Crítica Enero 07

COMICIDAD GAUCHESCA Y LUJO PERCUSIONISTA


Por Mario E. Ceretti
Diario La República


Saliéndose de la tónica habitual de obras de avanzada y hasta de experimentación, las Noches Merlinas presentaron dos espectáculos de mayor acceso al público en general: un impagable romance gauchesco y un exquisito, novedoso y esforzado cuarteto percusionista. Los locales y los turistas, gracias a eso, de parabienes.

Esta vez, y como de costumbre con la dirección artística de Laura Veiga y la producción general del grupo merlino Marañas, en el cuarto año de sus “Noches merlinas”, la Villa turística pudo disfrutar de algo diferente, pero con los mismos quilates de entrega y de excelencia. Porque, es bueno recordarlo, en la amplia gama del arte teatral, todo vale, en tanto y en cuanto el esfuerzo se traduzca en algo valioso.

El primero, delicioso espectáculo, fue un consumado delirio titulado “Amores gauchos”, presentado por el conjunto Impresentables Grupo de la ciudad de Córdoba. Falsa modestia lo del nombre, ya que podrían llamarse Los Superpresentables, por lo bien que hacen lo que hacen.

La Bocha y el Cototo son dos seres encantadores, encarnados con entusiasmo y total sinceridad por Laura Ortiz y David Piccotto. Para que desde el vamos no queden dudas, los dos enarbolan la tradicional nariz esférica de los clowns y la ropa absurda y colorida de las historietas. Con esas dos directrices, los dos se dedican a, una tras otra, crear situaciones dislocadas, en las que el disparate desencadena legítimamente la risa de la concurrencia. Para quienes ya tenemos algunos años, fue como revivir las hazañas payasescas que frecuentaban la pista de los viejos circos trashumantes.

Penas y alegrías de amor de una pareja singular, matizadas por la cómica fogosidad del pretendiente y los remilgos y rechazos bruscos de la muchacha, se suceden, con hallazgos tales como la lección de inglés que la Bocha pretende incorporar a su intelecto, con una pronunciación de acento cordobés impagable, las incursiones en el canto, con letras estrambóticas e ingenuas (entonan bien, por añadidura) y unos bailes folclóricos que, realizados por gente inexperta, descoyuntarían a más de uno, y se acompañan de unas jocosas relaciones impregnadas del alucinante enfoque general de la obra. En uno de los momentos más logrados, el malambo que pretende enseñar a los concurrentes el Cototo es sencillamente de una comicidad irresistible.

Los elementos escenográficos son escasos, pero de uso múltiple. La escoba no solo barre, sino que se convierte en guitarra o en brioso redomón. La sencilla mesa y los dos banquitos servirán para el fin que fueron creados, pero se transformarán en altar de iglesia y hasta en campechano sulky si la acción lo requiere. Es interesante, a través del ojo inocente de los protagonistas, el efecto que producen en esos dos seres, gauchos de circo y a la antigua, el ajetreo callejero cuando se animan a visitar la ciudad.

Los actores no se arredran ante la interacción con el público, que se presta de muy buena gana al juego.

A su manera, “Amores gauchos”es una afirmación de lo bueno que es vivir la sencilla existencia de un campo idílico. Y se diría que la capacidad creadora de los intérpretes no tiene límites. Lo mismo que su propio desenfreno inteligente, que los induce a una desopilante versión del Padre Nuestro, o a una cándida incursión en una sala cinematográfica. No se puede exteriorizar en un escenario algo que no se tiene adentro, y tanto Ortiz como Piccotto tienen, se constata, cuerda de inspiración para rato, en este terreno en que la ingenuidad y la picardía van de la mano, con tan laudable resultado.

El segundo espectáculo, “Percusión Teatro” a cargo del grupo Maroma, de la ciudad cordobesa de Río Cuarto, demostró que la inspiración y la inventiva campean idóneamente en el interior del país. Resulta un orgullo asistir a estas demostraciones para quienes no están (o no pueden estar, por razones de distancia o porque no visitan el interior espectáculos porteños) posibilitados de ver lo que se hace (a veces también se perpetra...) en Buenos Aires en el mundo teatral.

El cuarteto percusionista que se presentó en la Villa de Merlo hizo gala de una variada e innovadora concepción de ese terreno musical que se podría suponer monótono o ser considerado simple complemento de un conjunto formal. Una sola calificación les cabe: virtuosismo. No se comprendería, si no, esa búsqueda que los lleva desde los convencionales marismas y xilofones a incursionar en elementos –que ellos transforman en instrumentos- como unos simples porrones de barro o nueve simples macetas que destellan inusuales combinaciones sonoras.

La impecable versión del “Adiós, Nonino” de Astor Piazzola demostró que no le temen, armados de su perfecto rendimiento, a internarse en algo más “clásico” y conocido. La actuación adquiere ribetes de proeza cuando, sentados sobre sillas, como si fuera una versión aggiornada de un “tablao” flamenco, componen una sincopada sinfonía de ritmo, con tan solo sus pies y los palmoteos de sus manos.

¿Cómo llamarlos, sino virtuosos, cuando desgranan, como invitando al baile, la sincronizada participación de tan solo panderas y panderetas, con reminiscencias de carnaval brasileño? ¿Y qué es sino virtuosismo, y demostración de una larga consagración, ese “tour de force” que se mandan los cuatro sobre una mesa, y hacen, una vez más, dinámicos instrumentos percusivos de sus manos, ¡sus uñas! y sus palmas para ofrecer un juego de percusión inteligente, que los asistentes aplaudieron a los gritos?

Aquí, la palabra clave es sincronización, sincronización perfecta y dificilísima, que únicamente puede ser el resultado de una concienzuda preparación de meses. Justificado orgullo para su ciudad, hay que quitarse el sombrero ante Daniela Gallo, Salvador Andrada, Claudio Barbero y Julio Escudero, estos simpáticos, esforzados percusionistas riocuartenses.

Diario de La República, 28 de enero de 2007

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